Llegué al partido tarde, tal vez como el Murcia, que encajó un gol pasado el cuarto de hora que parecía condenarle a salir del playoff después de tantas jornadas instalado en la zona noble de la tabla. El Eldense, su perseguidor en la clasificación empatado a puntos hasta la tarde del domingo parecía haberle tomado la medida a los granas, a los que ya venció en la primera vuelta en el Enrique Roca, cuando los pimentoneros se fueron a por el triunfo y perdieron el empate al recibir una contra letal en el descuento.
Llegué a la televisión en la segunda parte, poco después de que Inousa, muy activo durante todo el choque, igualara y justo cuando el Murcia botaba la falta que supuso el segundo que predijo Sandroni. Las cosas no podían ir mejor. El Real vencía y convencía en una segunda parte excelente, dominando sin pasar apuros a un rival directo hasta que el árbitro señaló un penalti a favor de los de Simón para sentenciar que Carrasco no supo transformar.
A partir de ahí me entró el miedo. El Murcia corría con la muerte en los talones y el fantasma del empate sobrevolaba el campo del Eldense hasta que Ganet, imperial en todo lo que vi, forzó la segunda amarilla para el central de los locales y el Murcia se serenó. Escondió el balón en los últimos minutos moviéndolo de lado a lado hasta que Armando, que había provocado el penalti, sentenció con un gran derechazo desde fuera del área. El capitán se agarró el escudo y se fue a celebrarlo con la marea grana que ocupaba el fondo del Nuevo Pepico Amat. Una afición castigada por los palos pero que sigue levantándose para apoyar a su equipo allá donde vaya.
Confieso que me emocioné. Por la victoria tan importante, por el gol tan decisivo y por aquellos locos que cogieron el coche para ver otro partido de su equipo después de perder el domingo pasado. Y es que la vida puede ser maravillosa.
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